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Onomatopeyas



Aquel día que ese equipo de fútbol que viste los mismos colores jugando en casa que fuera pero al revés marcó tres goles en los últimos quince minutos, Rebeca y Víctor miraban pasar gente sentados en el bordillo del portal 6.

Víctor empezó a llamar a una paloma que paseaba entre un mundo de zapatos: "¡Paloma! ¡Paloma!

Rebeca lo miró con una de esas miradas que condenan, pero con cariño, y le dijo con matices de recriminación científica: "Víctor...que sea una paloma no quiere decir que se llame Paloma... Puede llamarse Julia, o Almudena..."

Víctor, ayudado por el poder que dan los pinchazos, que hacen a los globos volar como locos, sacó una respuesta aún más ingeniosa de la chistera de la tarde y dijo: "Pues en todo caso se llamará Bruugr, porque las mamás palomas no saben de pronunciar Julias ni Almudenas... sólo bruugr, bruugr... (entiéndase por bruugr la onomatopeya del sonido de las palomas mamás)

...

Años más tarde, sentado en el mismo portal, Víctor recordó que ese mismo día había sido el que había empezado a sentir un bum-bum bum-bum, enorme por Rebeca, aunque los corazones no saben de pronunciar "amor".

Ese mismo día de goles.

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El virus


Bully es uno de esos niños que ves en una clase de mesas de a dos, sentado solito, pero es feliz.

Bully no es un chico insociable, ni un pringado.

Bully no está solo porque sea gordito, lleve gafas, o sea un empollón.

Bully está solo porque es un chico con objetivos. Sí, con objetivos.

Cuando Bully va a comprar el pan, va a comprar, y no para a gastarse los veinte céntimos de vuelta en cuatro chicles.

Cuando Bully va a jugar al fútbol, va a jugar al fútbol, y no pierde el tiempo haciendo "cachas" ni "sombreritos"; sólo mete goles.

Y cuando Bully va al colegio, va a admirar a Sonso, que es la niña de la segunda fila cuarta mesa empezando por la izquierda.

Sonsoles es la niña con el pelo más rubio, los ojos más negros, y el apetito más pequeño de todo el cole.

Pero además, también es la niña con la voz más dulce, con los sueños más grandes, y con menos idea de quién es Bully de todo el cole.

Bully, como he dicho, no pretende amor eterno, porque no es idiota (véase "una velísima historia"). Su objetivo es admirar, y el vaso de su felicidad se llena fácilmente cuando consigue colocar la hoja de su tarea justo después de la de Sonso, cuando le toca detrás de ella en la fila del comedor, o cuando roza su codo al ir a afilar a la papelera.

Eso le es más que suficiente.

...

Un día, Bully, según mamá, estaba enfermo de un virus, y tenía que estudiar en casa, comer en casa, y jugar al fútbol en casa.

Pero como Bully es un chico con objetivos, y estar enfermo no entra para nada en sus planes de felicidad, Bully decidió ignorar al virus, igual que ignoraba a las golosinas cuando iba a comprar, o a los sombreritos cuando tenía que meter goles.

Así, pataleó tanto tantísimo sobre el parqué de la casa, que antes de que el suelo se hiciera serrín, mamá decidió que era imposible retener a este torito en casa, y lo dejó seguir asistiendo a la escuela. Lo dejó seguir siendo feliz.


Pasados tres meses Sonsoles tuvo que viajar a Madrid, para siempre, con su papá, y dejó vacía la cuarta mesa de la segunda fila empezando por la izquierda, y el vasito de la felicidad de Bully.


Pasados tres meses y dos días, la mamá de Bully lloraba en la UCI, y pensaba que por ignorar a los virus, no desaparecen.


Pasados tres meses dos días, y quince minutos, Bully, mientras cerraba los ojos, pensaba que hay cosas que matan más que los virus.

Que es más peligroso el cúmulo de circunstancias internas, que el cúmulo de circunstancias externas.

Que a veces no es lo que se nos añade lo que nos daña, sino lo que se nos quita.

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Una velísima historia


Cuando Carla comenzó a usar servilleta para comer y a interesarse por el amor, pensó que sería interesante anotar mentalmente las características que encajaban en su pieza de puzzle y que arrugarían sus cachetes.

Por su mente pasaba desfilando un ente hecho de una pasta especial, de unos ingredientes sencillos y naturales, con una forma inconfundible y bella que dejaba vigentes sus ideas, pero que al mismo tiempo era capaz de moldearse, adaptarse, y derretirse de amor ante cualquiera que le mostrase un fisquito de cariño de verdad, y le aportase calor.

Así Carla no pudo evitar amar con locura a aquella vela que encontró en la gaveta de arriba de la zapatera del baño de papá y mamá.

Disfruto durante algunos años de su suavidad, de su carisma, de todo lo poco que tenía, que era más que suficiente para llenarla por dentro, a pesar de tratarse de un ser bastante inerte para con ella.

Pero un día, Carla, que sabía que físicamente era posible sacar mucho más de aquella vela, no pudo resistirse, y decidió encender la llama.

Estoy seguro de que, gracias a la incompetencia de nuestras centrales eléctricas, podréis comprender que aquellos días fueron los días más felices que Carla recuerda en su vida. Su habitación estaba llena de un aroma especial, en los días fresquitos, con sólo acercarse a su vela las manos se le volvían ágiles, y con la presión más mínima, Carla podía dejar marcas indelebles de caricias sobre su ser amado.

...

Años después, las pestañas de Carla parecían pesar kilos cada vez que miraba aquella mancha sobre su mesa, que por ser llama unos días, había dejado de ser vela, para siempre.

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La vida sin ellos


La vida sin ellos me sabe a Domingo,

como si me arrancaran los auriculares de risas y jaleo,
y me pusieran la toga de maestro de alfombra.

Como si me rompieran los anteojos de aprendiz,
y sólo hubiera amor en la tele.

Como si la sangre me andase al revés,
de fuera al corazón.

Y me quedo como un cura sermoneando a una iglesia vacía.

Y me quedo como un creyente ante la muerte de dios.

La vida sin ellos, no es vida,
y la paella no es paella, sin arroz.

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La gravedad del asunto



El día aquel que Peter, que es casi tan guapo como tímido (y os aseguro que es más tímido que Dios) se encontró en la papelera la lista que las chicas, con Génova incluida, habían escrito poniendo nota a los chicos, no estaba lloviendo.

Peter la leyó tres veces para sí.

Le dió la vuelta.

Escribió lo siguiente:

"Aunque dices que no tenemos química, me das un 9,8 en física..."


Mientras todos miraban al cielo, viendo a Peter alejarse como un globo, Grim, el profesor de literatura, comentaba en voz alta para quitarle gravedad al asunto; ¿Es más bonito volar o qué te quieran?

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La inmensidad es para los mensos



Aquella mañana, el alto ejecutivo de GreenStore, Albert, se despertó con el quejido de su señora, que acababa de caerse de la cama.

Cuando Albert se incorporó para ayudarla, ya comenzó a notarse algo extraño.

Para cuando fue a calzarse los zapatos, se dio cuenta de que no le cabían, y por mucho, y de camino al desayuno tuvo que agacharse cada vez más para pasar por los marcos de la puerta, y tuvo que comerse el doble de lo habitual para sentir que se le llenaba el estómago.

De camino al trabajo trató de conducir con la cabeza por fuera de la ventanilla, pero tuvo que parar a mitad de camino, porque los pies le habían crecido tanto que pisaba el freno y el acelerador a la vez y no había manera.

Para cuando llegó andando al trabajo, ya llevaba todo el esmoquin rasgado, y tuvo que enrollarse con las cortinas de su oficina, y después del primer café, a las 12.00, ya no pudo volver a entrar en su despacho porque no cabía, y tuvo que dictarle a su secretaria, hablándole desde la calle, con la cabeza asomada por la ventana del tercer piso.

Para cuando acabó la jornada de trabajo, y Albert volvió a casa, medía ya casi unos 50 metros de altura, por lo que tuvo que dormir a lo largo de la carretera residencial.

No pudo besar a sus hijos ni a su mujer, porque el estallido de un beso hubiera sonado como un terremoto de 10 en la escala de Richter, así que se durmió algo triste.

Para cuando despertó, su crecimiento se había triplicado, y había arrasado con varias manzanas, que ahora, a sus grandes glóbulos oculares, no parecían más grandes que un granito de arroz.

Por eso no pudo encontrar ni escuchar aquella mañana a ninguno de sus familiares, y a eso de las 11.00, ya ni siquiera era capaz de distinguir los coches, ni las casas, ni las construcciones, pues sólo apreciaba texturas multicolores.

A las 12.00, ya era tan grande, que daba la vuelta al mundo en doce pasos y medio.

A las 17.00 el mundo era más pequeño que un boliche, y Albert se quedó flotando en el espacio, en el vacío, más vacío que nunca.

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Círculo vital



Ese viejo, acostado en la cama,
incapaz de valerse por sí mismo,
con los movimientos aleatorios y descontrolados de sus extremidades,
con incontinencia y necesidad afectiva aguda,
con ojos curiosos y llanto desconsolando,
con la incertidumbre del futuro próximo,
está mirando a ese bebé acostado en la cama,
incapaz de valerse por sí mismo,
con los movimientos aleatorios y descontrolados de sus extremidades,
con incontinencia y necesidad afectiva aguda,
con ojos curiosos y llanto desconsolando,
con la incertidumbre del futuro próximo.